Las barajas y los envidos del periodismo español

La emisión de  las imágenes del avión sinistestrado en Barajas tratando de coger vuelo emitidas en exclusiva – o exclusivamente adquiridas - por un medio y reflejadas en hilera mutante por los demás, nada aporta a lo único que de cierto ya sabía la opinión pública: el avión apenas levantó unos metros el vuelo y la defragación del impacto fue muy rápida. La exclusiva, como otras tantas “informaciones” sobre las causas del siniestro, es un tanto gratuita.

A la prensa le cabe el honor de convertir a la opinión pública en discipliente seguidor de Sócrates, pues, a medida que la supuesta información se revela, sólo se sabe que nada se sabe. En la maraña superficial que cada día aflora sobre una cuestión tan compleja como es un sinistro de estas características, los medios reivindican el derecho “de los lectores” para publicar filtraciones, versiones, opiniones, suposiciones de las partes que con sus respectivos intereses componen la famosa comisión de investigación. Cuando el director adjunto de El País afirmaba en la tertulia de Cuatro (19/09/09) que  un medio “no es una de las partes” que deben someterse a los dictados judiciales, y que su diario iba a seguir emitiendo imágenes, viene a reflejar esa fragil autocomplaciencia que tan endeble ha dejado a la prensa en su capacidad de informar realmente. En primer lugar, los medios están demostrando ser buzones eficaces de filtraciones interesadas que se ofrecen como datos definitivos cuando en la comisión son sólo parte de borradores que aún no elevados a la categoría de documentos base. Parece, por tanto, que la prensa sí forma “una de las partes”. Haría falta investigar de cual. No es de esperar que los medios que se ofrecen como investigadores se investiguen a sí mismos, pues ese también es derecho “de sus lectores”. Para tal taera, algunos diarios en España – ¿llegan a tres, dos, uno o en la actualidad ninguno? – crearon el Ombudsman, u oficina del lector, imitando un modelo existente en la prensa anglosajona. De aquella  búsqueda por la excelencia a través del examen del propio trabajo que supone todo Ombudsman, hoy no queda nada. Es así que el público se ha quedado sin nadie que informe de quien presume de informar, y sobre todo, de opinar afirmando que informa.

 A la prensa se le escapa el mundo del que da cuenta. La autocomplaciencia y el desarrollo tecnológico son hoy su razón de ser, y de mientras va muy por detrás de una realidad mundial a la que no presta ni el tiempo ni la profundidad necesaria. Resulta del todo concluyente que las crisis que estallan y que tan negativas consecuencias tienen, no hubieron sido advertidas por los rigurosos observadores del día a día. Los grandes cambios que dieron señales prematuras fueron huracanes que devastaron la atalaya de la prensa. Como ejemplos paradigmáticos pueden valer dos recientes en un país cuya primera enmienda resalta la libertad de prensa: la impunidad de un gobierno para manipular pruebas, mentir a la población e invadir un país, o una crisis financiera que a punto de estallar era observada como “ejemplo” de funcionamiento del sistema.

 El descrédito de la prensa no es ni casual ni pasajero. Mientras,  continúa obedeciendo las reglas que su propia vanidad e intereses dictan, al tiempo que impone las suyas a los poderes políticos que rigen los designios de todos. Todo ello supone un peligro para la democracia que tiene en sus guardianes a parte de quienes la subvierten.

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